Por: Laura Andrea Kachorroski De Jardín América

Colonia Gisela

Este relato de Laura Andrea Kachorroski pertenece a su nueva novela  aún inédita , por lo que constituye también un adelanto de ese trabajo literario en preparación.

 

Casimiro y José  desengancharon al caballo. Mientras tanto, Ladislao se apartó y dirigiéndose a un trillo  que había en la propiedad,  recorrió con la mirada el lugar.
Los inmensos y vetustos árboles, se elevaban imponentes, desafiando su autoridad. Las lianas e isipós se entrelazaban entre ellos; la humedad del suelo cubierto de hojarasca, tentaron al intruso a penetrar en sus fauces. El muchacho se sentó en cuclillas y tomo prestado un puñado de suelo. Efectivamente, estaba húmedo y frío.
-La tierra es muy fértil. –pensó en voz alta.
-¡Qué dijiste! –le gritó Casimiro desde el carro al escucharlo.
-Nada. Digo que es buena la tierra.
-¡Claro que es buena! –intervino José. –Aquí podemos comenzar de nuevo y progresar; cualquier cosa que plantemos crecerá.
 Mediaba la tarde   y necesitaban construirse un refugio provisorio para pasar la noche. Los próximos meses serían de ardua tarea.
El trillo que atravesaba la propiedad conducía a una vertiente de agua clara y fresca donde llevaron al caballo a saciar su sed, echaron unas ponchadas y mantas debajo del carro, encendieron un fogón y prepararon unos huevos revueltos con tocino para la cena. Se acomodaron temprano sobre las mantas ya que el día siguiente sería el primero de muchos días de duro trabajo.
El día despuntó claro, Casimiro fue el primero en despertar, atizó las brazas y colocó sobre el fuego una pava con agua y un chorro de leche  para preparar un mate, le agregó unas flores de marcela, tal como  su padre, que desde pequeños les enseñó a degustar  la infusión de esa manera. Solía decirles: “nunca tendrán problemas de indigestión” Sus hermanos se le unieron.
La luz del sol iba capitulando la oscuridad del monte conforme se aproximaba y sus rayos  lo penetraban dejando cortinas de magnifica luz como  una aparición. […]
 […]Los muchachos llevaban dos semanas en aquel inhóspito lugar olvidado, cada día les deparaba un nuevo desafío. Durante las horas de luz trabajaban sin descanso quitando la maraña de yuyos, helechos y lianas que crecían entrelazadas formando cortinas impenetrables entre los vetustos árboles.   De vez en cuando encontraban un nido con huevos, alguna que otra madriguera de liebres o gallinetas del monte y por supuesto, todo iba a parar a la olla. Un sábado por la tarde, Ladislao cazó  un venado con un tiro certero de la escopeta de su padre.
Para el mes, tenían toda la propiedad desmalezada. Ese domingo que se cumplían los treinta días, se sentaron a comer un chancho de monte que Casimiro había cazado y que cocinaron a las brasas. En silencio contemplaban su obra, orgullosos. Pero lejos de terminar su tarea, ésta recién comenzaba. Había un desafío aun mayor,   los centenarios los esperaban, dispuestos a dar batalla.
-Mañana saldré temprano para Roca, voy a ir a buscar más provisiones y ver como esta mamá. Ustedes se van a encargar de quemar todo, cuidando que el fuego no se extienda.
Pero los cuatro días que José propuso como ausencia se transformaron en una semana. Nada… Silencio absoluto.
Los muchachos seguían trabajando, ninguno de los dos comentaba  ni hacía referencia al hecho, pero en sus semblantes asomaba la preocupación. Estaban quedándose sin harina y el último trozo de tocino lo habían comido hacia tres días. Por suerte Casimiro era buen cazador y siempre aparecía con alguna paloma o  en el mejor de los casos, una liebre.
En las noches contemplaban las estrellas que se filtraban por entre las hojas de pindó de la pequeña choza que habían construido. Abandonados a su suerte, los muchachos comenzaron a preguntarse si a José le había pasado algo, sin  sospechar que su hermano no regresaría en los próximos días,