Salud: Una partera mbya enseña sus técnicas ancestrales

 

 

JARDÍN AMÉRICA. Un saber ancestral basado en la percepción, sensibilidad y el respeto por los tiempos de la madre y su bebé. Así podríamos definir a las parteras mbya, que en las aldeas de Misiones se encargan de acompañar el trabajo de parto y alumbramiento de las madres.
Marta Moreira es una de ellas. Vive en la aldea Marangatú. Allí la visitan a menudo Delia Albisser y Paula Pisak, madre e hija, dos mujeres jardinenses muy comprometidas (ver recuadro). Compartimos aquí el relato de lo que Marta aprendió de su abuela partera Venancia Ramírez (94), quien todavía colabora con los nacimientos en la aldea. Si bien no son muchos porque gran cantidad de madres paren en los hospitales, se siguen realizando de la manera tradicional.

De mujeres fuertes
Marta tuvo a su primer hijo a los 22 años y el último a los 49. Todos en la aldea. Todos por parto natural. Sostiene que si ella hubiera asistido a los médicos “blancos” le hubieran dicho que ya era madre añosa, que sus huesos están duros y seguramente terminaría en una cesárea. Sin embargo no fue así.
“Nosotras sabemos que (el parto) duele, pero salió el bebé y termina el dolor”, señaló Marta en la entrevista. “Son mujeres de contextura física pequeña pero fuertes a la hora de parir y mentalizadas que el parto les pertenece”, destacó por su parte Albisser.
Cuando comienza el trabajo de parto, dentro de la choza, están como mucho tres personas: la parturienta, el esposo y la partera. Masajean con manos calientes muy suavemente, para ayudar al pronto alumbramiento. Un rato antes, preparan una infusión hecha con cogollo de pindó (es la parte central y tierna de esta palmera). Al beberlo las madres logran “apurar” el parto. También funciona como calmante.

El corte del cordón
Todo está previsto. Varios días antes la partera confecciona el crisuma, que es el elemento que utilizan para cortar el cordón umbilical. “Es de tacuarembó”, reveló Marta, para referirse a una tacuara de la zona. Lo tallan y lo colocan al sol. Cuando está listo, afilado, lo guardan hasta el momento del nacimiento.

Un momento milagroso
“La mujer puja, se coloca en cuclillas, no acostada, para hacer que la gravedad ayude a que el niño alumbre”, relató Delia.
Cuando el niño nace, el padre es parte de ese milagro, porque está allí, bien cerca, acompañando a la madre. Y corta el cordón umbilical con el crisuma. Luego el bebé se coloca de inmediato sobre la madre, para que pueda amamantar.
Durante los dos primeros meses el bebé permanece en la choza, bien preservado en una especie de hamaca paraguaya con mantas limpias para cuidar que nada perjudique su salud. En caso de hemorragias, se le da a la madre un té de serillo o isipó mil hombres. La fecha del nacimiento se guarda en la memoria de la abuela.

El ciclo de la vida
La placenta sale fácilmente. “No la tiramos a la basura como hacen los médicos”, recalcó Marta. Este tejido, por demás nutritivo, es incorporado a la huerta familiar. Cavan un pozo, lo cubren con cenizas y sobre ellas depositan la placenta, que luego cubren con tierra.

Respetar a la madre y al niño
El nacimiento de un niño no debe ser un proceso traumático, por el contrario, es un momento de felicidad y así deben vivirlo sus principales protagonistas, madre e hijo, familiares y allegados. Así lo señala la Ley de Parto Respetado vigente en Argentina desde 2004 que aún no fue reglamentada -aparentemente por inconsistencia en la redacción- lo cual dificulta aún más que se cumpla.
Ha habido algunos avances, como el logro del Hospital Materno Neonatal, que hace un mes fue declarado por Unicef y el Ministerio de Salud de la Nación como “Hospital amigo de la madre y del niño”, favoreciendo estos derechos en el nacimiento y valorando la lactancia.

 

“Clase magistral”

Paula y Delia luchan día a día reclamando justicia por las consecuencias físicas -sordera y dificultades para caminar- que sufrió Paula hace casi diez años al dar a luz a su primera hija.
Desde entonces, no sólo exigen que se siga investigando, sino que acompañan la lucha de otras familias que también fueron víctimas de violencia obstétrica en el Hospital de Jardín y en clínicas privadas.
“Visitamos tantas veces las aldeas de nuestra zona, por diferentes motivos: llevar alimentos, festejar Reyes o el Día del niño. Nos encontramos con caritas dulces, tristes, alegres, creo que todo depende de como uno les cae a ellos. Las mujeres son especiales, mujeres madres, niñas, mujeres muy mayores, mujeres de vientre abultado por la espera de un nuevo ‘mita í’. Abrieron su corazón relatando cómo son los partos y los embarazos de ellas. Ganándome la confianza de Marta Moreira, le pido nos dé una clase magistral de parto humanizado y me la da!”, destacó Albisser, quien luego compartió el relato con PRIMERA EDICIÓN.